Hay historias que la gente jura que son verdad, y nos cuentan que le ocurrió a un amigo de un amigo de un amigo; pero lo que probablemente sucedió es que fue inventada en alguno de sus puntos de transmisión.
Esta historia que estoy por contar es real, y sé que es real porque a la persona a la que le ocurrió fue a mí.
Rosh Ashaná es el nuevo año Judío. Dura dos días. Técnicamente es un día de cuarenta y ocho horas. Este año comenzó un miércoles cuando un tercio del cielo tuvo estrellas, y terminó el viernes, cuando un tercio del cielo se encontró igual al del miércoles.
La primer noche es, de alguna manera, una de las mitades que tiene esta festividad. El fin de una de sus dos noches.
Llegué a la sinagoga el miércoles a las seis de la tarde. Asistí al servicio y luego a una cena ritual. Llegué a casa a medianoche. Me pegué un baño y me acosté.
Comencé a charlar con la almohada acerca de todo lo que quería para el nuevo año: Ayudar más a la gente, ayudar a ayudar. No hacer más sentir mal a la gente que hago sentir mal, dejar de fumar, estudiar más Torá. No hacer las cagadas de siempre, no desbarrancar siempre en las mismas curvas, etc, etc, etc… Y así pensando noté que no había hecho las plegarias nocturnas.
No rezo siempre, pero siendo una de las dos noches de Rosh Ashaná me dieron ganas de hacerlo. Caí en cuenta que había dejado el libro de plegarias en la mesa del living. “que pereza… no me puedo levantar…” pensé.
Debatí si levantarme o no, y me di cuenta que no estaba para nada bueno no rezar por pereza. Es decir, yo no tengo problema en no rezar si no tengo ganas, pero no está para nada copado no rezar cuando tengo pero me parece mucho trabajo levantarme a buscar un libro. Justo cuando estaba en ese momento de la idea sonó el timbre de casa.
Hoy en día los timbres no suenan a las dos de la mañana. Puede sonar el teléfono, pero no el timbre.
Me levanté, me paré detrás de la puerta y pregunté quién era. “Tu vecina”, me dijo una voz.
Abrí la puerta y era, efectivamente, una vecina. “Mi marido se cayó en el baño, y yo no lo puedo levantar. Disculpá que te moleste, pero no sé qué hacer”. Le dije que, por supuesto, no tenía por qué pedir disculpas, que con mucho gusto veía si podía ayudar.
Entré a la casa y al pasar por la puerta ella me dijo “él está desnudo, te pido disculpas”.
Entré al baño e hice de forma tal de no ver su desnudez. El hombre me miró y me dijo que no se podía levantar. Me pidió disculpas por estar desnudo, y le dije que no se preocupe. “Tener ropa no es siempre digno, ni estar desnudo indigno”, pensé. Le dije que no se preocupe, que no se apure, que intentemos despacio.
Lo agarré de un lado, el me agarró de otro, despacio se sentó en el borde de la bañera, luego entre los dos subimos un poco más, pasó un pié, luego el otro, un poco más de fuerza, y se puso de pié.
“Muchas gracias”, me dijo, “sin tu ayuda no me hubiese levantado”. Lo miré a los ojos, le acaricié la espalda y le dije “señor, para eso estamos en este planeta, para levantarnos los unos a los otros”. Con una profunda y bondadosa mirada, me sonrió.
Les dije que debían llamarme todas las veces que lo necesitasen, di las buenas noches, crucé el pasillo, entré a mi casa, tomé el libro de plegaras, me puse la kipá y me arrodillé -con ropa pero desnudo-.
Y lloré.
Y recé:
“¡Rey del Universo! En este acto perdono a cualquier que me haya enfurecido o exasperado, o que haya pecado en contra de mí, ya sea física o financieramente, en contra de mi honor o de cualquier otra cosa que fuere mía, ya sea accidental o intencionalmente, inadvertida o deliberadamente, mediante la palabra o los hechos, en esta encarnación o en cualquier otra, todo Israelita; que ningún hombre sea castigado por mi causa. Sea Tu voluntad, Adonai mi Di-s y Di-s de mis padres, que yo no peque más ni repita mis pecados, que tampoco vuelva a despertar Tu enojo ni haga lo que está mal ante Tus ojos. Los pecados que he cometido, borra en Tus abundantes misericordias, mas no mediante sufrimientos o enfermedades graves. Sean las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón aceptables ante Ti, Adonai, mi Fortaleza, mi Redentor. “
Historia real ocurrida en la primer noche de Rosh Ashaná. 21 de Tishrei de 5772 (19 de Octubre de 2011)
- Alessio
Me encantó. Sentí lo mismo que cuando leí la tercera acepción de la palabra “Regazo” (Cosa que recibe en sí a otra, dándole amparo, gozo o consuelo.)
clap clap clap clap…me hiciste llorar con mucha emocion. CAMPEON, DE ESO SE TRATA… DE ESO! Gracias por todo y por dejarme leerte COMO YO SABIA QUE SOS…
bendiciones !!!!
rosh ashaná! excelente historia… gracias!!
Que linda historia, que mejor manera de comenzar un nuevo anio que, luego de reflexionar acerca de tus metas para este, tengas la oportunidad inmediata de comenzar a cumplirlas…
Es muy cierto que la ropa no siempre influye acerca de estar desnudos, es muy linda metafora.
Y muy lindas palabras las que le dijiste a tu vecino “para eso estamos en este planeta, para ayudarnos a levantar unos a otros”. Cuanta verdad en esas palabras, ojala lo tuviesemos mas presente.
Te quiero mucho!
Shaná Tová!
meborejet